sábado, 18 de octubre de 2014

"Quiero a alguien..." Adriana Retana

Quiero a alguien que se interese por mis cosas. Que obvio se dedique a lo que debe y le gusta, pero que se tome un momento para preguntarme por las cosas que a mí me parecen importantes o simplemente para preguntar cómo va mi día.
Quiero a alguien que no diga groserías si estoy con él, a alguien que me ceda el paso y me abra la puerta; alguien que sea educado, un caballero.
Quiero a alguien que me respete y que me cuide.
Quiero a alguien que no se canse de buscarme y que lo haga porque en serio quiere y prefiere pasar su tiempo conmigo, no por puro compromiso.
Quiero a alguien que valore cada momento que tenemos juntos y que no los desperdicie.
Quiero a alguien romántico y detallista; a alguien que me regale flores y que sepa cuáles son mis favoritas y porque razón.
Quiero a alguien confiable, a quien le pueda contar mi vida; pero que también él pueda confiar completamente en mi.
Quiero a alguien que no se canse de tratar de enamorarme. Quiero a alguien que logre hacerme sentir amor por él.
Quiero a alguien apasionado sobre la vida y sobre el amor.
Quiero a alguien que sea valiente por mi y por el amor que me tenga.

Te amo, pero ya no te quiero a ti. 

sábado, 27 de septiembre de 2014

"Te voy a dejar" Adriana Retana

Tengo roto el corazón.
Necesito ser libre, necesito olvidarte, necesito seguir adelante. 
Ya no puedo ni quiero esperarte más. Esto es tal vez lo más doloroso que haya tenido que hacer en mi vida, pero le tengo que decir adiós a nuestro amor.
Esto no significa que no te ame, eso siempre lo haré. Solo que no es el momento adecuado, no es tu culpa ni la mía. Tal vez en un futuro... o tal vez no. Uno nunca sabe. 
Tampoco significa que deje de ser tu amiga o tu compañera, te prometí que siempre lo haría y yo cumplo lo que digo. 
Perdona todo el daño que pude causarte, sigo tratando de perdonarme a mi misma por ello.
Pero ya no más. Con lagrimas en los ojos y el corazón en la mano lo he decidido: te voy a dejar.

lunes, 8 de septiembre de 2014

"Ojos que lloran y luego arden: mi explicación" Adriana Retana

Ya antes había notado una cosa muy curiosa que me ocurre pero que había olvidado, hasta que hoy de nuevo se presento.
Soy una persona sumamente sensible, es decir lloro por casi todo. Unas veces lloro poco y otras mucho, pero nunca pasa de ahí. A diferencia de lo anterior, hoy, aproximadamente media hora después de que llore me empezaron a arder excesivamente los ojos. Debo recalcar que esto nunca ocurre. Era una sensación tolerable pero aun así molesta y más que nada era algo olvidado. 
La primera vez que en serio me rompieron el corazón llore a mares durante semanas y en todo momento: siempre terminaba con los ojos ardiéndome. Yo supuse que era lo normal por tanto llanto, nunca antes me había ocurrido así. Después el dolor fue desapareciendo y deje de llorar. Seguí con mi vida.
Pero hoy, después de llorar, de nuevo sentí ese ardor en los ojos tan característico de aquella ocasión. Lo curioso es que de nuevo tengo el corazón roto, decidí permitírmelo por un momento después de semanas de no hacerlo. Claro que había llorado antes por este desamor actual, pero lo había hecho sin sentir mi corazón. Justo hoy pude volver a tenerlo aunque sea un instante y pude llorar como se debe para poder sanarlo. Necesito mi corazón de vuelta, necesito llorar y curarlo. 
Explicado lo anterior y después de mucho pensar, he formulado una conclusión: solo posterior al llanto debido a mi corazón roto, mis ojos arden. Ahora, mi teoría es que, por lo menos para mi, tener el corazón partido en dos ocasiona que mis lagrimas se alteren y dejen de ser agua para ser ácido. Esta es la forma en que mi corazón se lava y se cura a sí mismo. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

1 Corintios 13; La preeminencia del amor

La preeminencia del amor
13  Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.
3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;
6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
9 Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;
10 Más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
1 Corintios 13

martes, 26 de agosto de 2014

"100 aniversario del nacimiento de Julio Cortázar"

Julio Cortázar (26 de agosto de 1914-12 de febrero de 1984)

"Instrucciones para subir una escalera"

"Instrucciones para llorar"

"Conducta en los velorios"
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

lunes, 18 de agosto de 2014

"Comer, rezar, amar" Elizabeth Gilbert

Este es uno de mis libros más amados y una de mis películas favoritas. No solo por el momento en el que llegaron, sino por todo lo que me dejaron. 

"Sonríe con tu cara, con tu mente y hasta con el hígado."

"Es importante saber dónde estás en cada momento. Justo aquí está el equilibrio perfecto. El encuentro de cielo y tierra. No demasiado dios, no demasiado egoísta, de otra forma la vida se vuelve una locura. Si pierdes equilibrio, pierdes poder."

"La única forma de sanar es confiando. Un corazón roto significa que has intentado algo."

“La felicidad es consecuencia de un esfuerzo personal. Luchas para conseguirla, te la trabajas, insistes en encontrarla y hasta viajas por el mundo buscándola”

"Pues extráñame. Envíame amor cada vez que pienses en mí y déjalo así. No será para siempre. Nada lo es."

“Después de pasar por una época tan tenebrosa ves que te queda un atisbo de felicidad en tu interior, no te queda más remedio que agarrar esa felicidad de los tobillos y no soltarla aunque acabes con la cara entera manchada de barro. No lo haces por egoísmo, sino por obligación. Te han dado la vida y tienes la obligación (y el derecho, como ser humano que eres) de hallar la belleza de la vida por mínima que sea”.

“Un alma gemela auténtica es un espejo, es la persona que te saca todo lo que tienes reprimido, te hace volver la mirada hacia dentro para que puedas cambiar tu vida. Una verdadera alma gemela es, seguramente, la persona más importante que vayas a conocer en tu vida, porque te tira abajo todos los muro y te despierta de un porrazo”.

“En el amor a menudo he sido víctima de mi excesivo optimismo”.

“Perder el equilibrio por amor a veces es parte de una vida equilibrada”.

"Querido David,
 No nos hemos comunicado en un tiempo y eso me ha dado el espacio que necesitaba para pensar. ¿Recuerdas cuándo dijiste que debíamos vivir juntos e infelices para poder ser felices? Considera como un testimonio de lo mucho que te amo que me esforcé todo lo que pude para lograr que esa oferta funcionara pero un amigo me llevo al lugar más increíble el otro día: se llama el Augusteum.
Octavio Augusto lo construyó para conservar sus restos. Cuando llegaron los bárbaros acabaron con eso y con todo lo demás. El gran Augusto, el primer gran emperador romano como hubiera podido imaginar que Roma, el mundo entero como la había concebido estaría un día en ruinas... Es uno de los lugares más solitarios y silenciosos en Roma, la cuidad ha crecido alrededor a través de los siglos. Se siente como una herida preciosa, como un corazón roto que no quieres dejar ir porque el dolor es placentero.
Todos queremos que las cosas permanezcan igual David, aceptando vivir en la aflicción porque le tenemos miedo al cambio, a que todo termine en ruinas. Luego vi alrededor del lugar, el caos que había permanecido y la forma en cómo se había adaptado al ser quemado, saqueado y luego vuelto a construir una vez más y me sentí tranquila. Tal vez mi vida no ha sido tan caótica, el mundo es el caótico y la verdadera trampa es tarase emocionalmente al caos.
Las ruinas son el presente, las ruinas son el camino a la transformación... Aun en esta ciudad eterna el Augusteum me mostró que siempre debemos estar preparados para las interminables olas de la transformación. Ambos nos merecemos algo mejor que seguir juntos porque tememos quedar destruidos si no lo hacemos."

lunes, 28 de julio de 2014

"Busco un hombre que le guste y sepa bailar" Adriana Retana

Busco un hombre que le guste y sepa bailar. 
¿Por qué? 
Porque si sabe bailar entonces sabrá guiarme y sabrá ponerme limites siendo un caballero. Pero también podrá soltarme y recuperarme cuando sea necesario. Entenderá que debe haber un balance entre ser disciplinado y divertido. Me verá a los ojos y no a los pies. Me cuidará de los otros y hasta de el mismo. Bailaremos juntos en la vida, no el primero y yo después o al revés. Seremos un equipo, sin importar si nos equivocamos y resbalamos o si somos los mejores en la pista. Habrá pasión entre nosotros, confianza y también cariño. Cuando alguno se equivoque el otro sabrá ayudarlo a corregir la falla y perdonarlo si es el caso. A momentos estaremos totalmente coordinados, pero si en algún punto no nos acoplamos sabremos como recuperar el ritmo y seguir con el baile. Tendré la seguridad de que me dejará ser yo misma y yo lo dejaré ser quien es.  En ciertos pasos de baile tendremos independencia, pero siempre regresaremos a estar juntos. Sentirá el ritmo de la vida y se dejará llevar por él. Al final de cada pieza bailada, tendré la seguridad de recibir y dar una sonrisa, un merecido aplauso y una invitación al próximo baile.